bodaDescribiremos la pedida y los preparativos de una boda de la década de los 50, concretamente de 1954, para reflejar la manera de actuar tan distinta de aquella época con la de hoy en día.

Relataremos la celebración de un particular; pero sin dar nombres, teniendo en cuenta que tendrá tintes individuales, pues, como es lógico, dentro de una misma época nos podemos decantar, dependiendo de los gustos de cada uno, por un estilo o por otro sin salirnos, por ello, de lo que “se lleva” en ese momento.

Se trata, simplemente, de plasmar las diferencias de la década de los 50 con el presente, la manera de entender la vida y, por tanto, de enfrentarse a esta conmemoración.

Pasando de ser un acto casero, sin formalidades, donde era la familia y las personas de confianza las que estaban involucradas en realizar el festejo, a ser una celebración elaborada por 3º personas extrañas, donde los miembros de la familia son meros acompañantes y se encuentran expectantes ante los acontecimientos.

La pedida

En la pedida se reunían los novios y los padres de ambos con el objetivo de acordar las viandas que se servirían en el banquete y lo que se haría entre una familia y otra.

Había 3 amonestaciones que se podían decir separadas, una cada Domingo, o bien juntas, donde el cura en la misa dominical proclamaba: “Esta es la primera y última amonestación, si alguien presente tiene algún motivo por el que esta boda no se pueda celebrar que lo diga ahora o que calle para siempre”.

En estos días, los futuros cónyuges asistían a misa y comulgaban; porque ya se habían confesado para el acontecimiento y ya no tenías que volver a confesarte, si no querías, el día de la celebración.

En la primera amonestación la novia invitaba a comer al novio y a sus padres, momento que aprovechaba éste para hacer un regalo a la novia.

Los regalos habituales, en ésta época, eran una pulsera, que solía ser de bisutería y unos pendientes de oro. Claro, que si el novio “tenía posibles” y era espléndido, la pulsera pasaría a ser de oro.

También estaba de moda, por aquel entonces, regalar una medalla o un vestido, éste último fue el regalo de nuestra protagonista. El novio te compraba la tela que costaba a 30 pesetas el metro y la confección, en este caso, no se pagó; porque la novia sabía costura.

No era tradición que la novia hiciera ningún regalo; ya que luego era en la casa de ésta donde se celebraba el convite.

Preparativos de la boda

Primeramente, resaltar que la edad con la que se solía casar la novia era de 20 a 22 años, salvo alguna excepción que fuera antes o después, ya que entonces la mujer no estudiaba ninguna carrera, y por tanto, no tenía que esperar a la finalización de sus estudios para contraer matrimonio.

Una vez que decidía dar este paso tan importante, la chica pasaba de ser mantenida por sus padres, a ser el marido el que, económicamente, llevaba el peso de la familia y la mujer le ayudaba en todo lo que podía e incluso se ponía a trabajar, si fuera necesario.

Los preparativos de la boda se comenzaban con tan sólo un mes de antelación, una vez que ambas partes, novios y sus padres, se habían puesto de acuerdo tras la petición de mano de que querían contraer matrimonio.

El primer paso era la elaboración artesanal del vestido de novia; ya que en aquella época no había tiendas especializadas en estos trajes.

Te desplazabas a Palencia en el coche de línea, pues entonces no existían los coches, sólo había carros y “serrés”, especie de carro más lujoso, tirados ambos por caballos y te ibas a por “las vistas” que era como se llamaba a la elección de la tela y del vestido. Con la revista “El figurín”, tú escogías el traje que te gustaba y la modista te confeccionaba el vestido.

Lo que se llevaba entonces eran trajes de chaqueta; pero nuestra protagonista fue con un vestido largo, drapeado de la cintura para abajo, con un poco de cola y de color negro. Color muy elegante en ésta época, clara diferencia con la actualidad donde el color predominante es el blanco. El precio de la tela era de 50 pesetas el metro que al llevar cola, por lo menos se necesitó unos 5 metros para su elaboración.

Adornando la cabeza llevaba una mantilla, heredada de su abuela y una peineta.

Completando los adornos de la novia estaba el ramo de flores, en este caso, de flores blancas comprado en Palencia.

El peinado te lo realizaba la peluquera del pueblo, un moño bajo, para poder poner la peineta, si no te la habías puesto, te la podía colocar la cocinera, pues se la daba muy bien hacerlo.

No había fotógrafos, con lo cual, no se podía desplazar ningún profesional y era tarea de algún familiar realizar el pequeño reportaje fotográfico con una máquina pequeña, que era lo que se llevaba antaño.

Predominaba la austeridad y la sencillez como quedaba reflejado en la iglesia, donde no había ningún adorno floral. Lo único que revelaba la celebración eran los reclinatorios que presidían el acto, para arrodillarse novios y padrinos.

Por aquel entonces, la iglesia estaba llena de hacheros que eran propiedad, cada uno de ellos, de las distintas familias del pueblo. Estaban formados por 2 tablas horizontales que tenían 3 ó 4 agujeros para meter unos velones que se encendían cuando un familiar fallecía y 2 tablas verticales que servían de apoyo. La familia iba todos los días a misa para ofrecer, este culto, en conmemoración del alma del familiar fallecido.

Aparte de los hacheros estaban los reclinatorios, cada miembro de la familia tenía el suyo que era de su propiedad. Por un lado eran para arrodillarse y si le dabas la vuelta era una silla, por lo tanto, todo el mundo se sentaba en el mismo sitio y en el mismo lugar, siempre estaba tu sitio reservado, porque nunca se llevaban a casa.

Alrededor de la iglesia había unos bancos que no pertenecían a nadie y se podía sentar toda aquella persona que no tuviera reclinatorio.

La ceremonia nupcial se realizaba sobre las 10h. o como muy tarde las 11h. de la mañana, horario que venía condicionado por el acto litúrgico de la comunión; porque para poder comulgar tenías que estar en ayunas y evidentemente, no se podía demorar mucho la hora del acontecimiento.

Una vez que había concluido el enlace iban los novios, padrinos y el cura que había oficiado la celebración, invitado por los novios, a casa de la novia a desayunar. El desayuno consistía en un chocolate con bizcochos.

A continuación, todos los invitados a la boda iban a casa de la madrina donde eran agasajados con pastas, dulces y algún licor, dependiendo de la generosidad de la anfitriona, así era el refresco más o menos abundante.

Finalizado el aperitivo toda la comitiva nupcial se reunían en la Sala de Fiestas, que había antes en el pueblo, durante más o menos una hora, bailando al ritmo de los discos de moda de aquella época, para hacer un poco de tiempo y de apetito para el posterior banquete.

El rico menú que se degustaría el día de la boda llevaba una elaboración previa de 2 días de antelación. Se mataban los lechazos, que eran comprados a los ganaderos del pueblo y los pollos de corral, tan apreciados hoy en día, eran criados en la casa de la novia y reservados para tal acontecimiento; pues en aquella época éste producto no se vendía.

La cocinera, de la Villa, iba a casa de la novia la víspera del enlace para preparar los platos que componían el menú, involucrando a toda la familia desde horas muy tempranas.

Se preparaba la comida fuera de las dependencias de la casa, en el hogar; puesto que en la cocina de la casa, alimentada con carbón, era impensable hacer comida para tantos comensales.

Se disponía la lumbre, hecha de leña, donde se rehogaban todos los ingredientes del primer plato, pues era muy elegante comenzar con una paella y el arroz se hacía el mismo día para que el plato estuviera en su punto.

Los segundos platos, pollos y  lechazos se guisaban también la víspera, con lo cual, simplemente el día del evento sólo había que calentarlo.

El lechazo había quien lo prefería asado, entonces ya no se hacía en casa, sino que se llevaba al horno del panadero. Antiguamente había 3 panaderías en el pueblo, y cada uno lo asaba donde iba habitualmente a por el pan. Aunque, normalmente se optaba por guisarlo, pues quedaba siempre más jugoso.

Después se hacía el pescado, comprado en la pescadería del pueblo, que en aquel entonces había 2. Una del pueblo y otra regentada por un señor de  Palencia, que venía todos los días para dar servicio a sus clientes. Este plato o bien se comía para el banquete o bien se reservaba para la cena, pues era tradición que todos los comensales volvieran a cenar.

Por último, se elaboraba el postre, consistente en un “brazo gitano” hecho de bizcocho y crema.

Una vez que finalizaba el banquete y se llegaba a los postres, era costumbre, que saliera la cocinera, donde estaban todos los invitados, para que se valorara su trabajo. Si la comida había sido del agrado de todos los comensales se la premiaba con un gran aplauso y se la daba la enhorabuena, por lo bien que había hecho su trabajo, acto que enorgullecía a la cocinera y agradecía.

La casa de la novia se preparaba para recibir a todos los convidados retirando todos los muebles y poniendo unos tableros que dejaba, para tan gran ocasión, el ebanista del pueblo.

La vajilla la recopilabas de toda la familia, de vecinos y como seguía faltando, debido al gran número de invitados, los que necesitabas, los arrendabas al bar, junto con los vasos y la cubertería. Los platos de aquel entonces eran de piedra y los del  bar estaban marcados por debajo para saber a quien pertenecía cada uno.

Con tal cantidad de vajilla y cubertería era necesario contratar a alguien para fregar. 2 mujeres de la familia realizaban este trabajo, de este modo, a medida que se iban ensuciando los platos se iban fregando; porque sino, no había vajilla suficiente para cubrir las necesidades de tal evento.

Cuando no habías invitado a alguien, de una manera formal, a la boda; pero querías que estuviera en ella; una manera de solucionarlo, para que nadie se molestara o se enfadara, era pedirles que fueran a fregar y de este modo, formaban parte de los convidados.

Una vez que el banquete finalizaba todos los comensales se iban a un bar donde el padrino los invitaba a tomar café, obsequiando a cada hombre con un puro.

Concluido el café, se dirigía toda la comitiva a la Sala de Fiestas, donde a ritmo de pasodoble y otras canciones de la época, los invitados movían el esqueleto hasta las 23h.; porque a las 24h. se iba otra vez donde la novia a cenar, estando también, la cocinera y las personas encargadas de fregar.

Al día siguiente, si todavía quedaba comida, se reunía a la familia para concluir con todas las viandas y era el momento indicado para repartir la vajilla, cubertería y vasos a los vecinos, familia y al bar.

Como curiosidad diremos, que el precio de esta comida, tan abundante, rondaba aproximadamente, las 2000 ó las 3000 pesetas.

La primera noche los novios dormían en casa y utilizaban el día siguiente para descansar; pues como no había coches, dependían del autobús para poder ir de “Luna de miel”. No se solía ir muy lejos e incluso era costumbre ir a casa de un familiar, ahorrándose, de esta manera, el hotel y la comida.

Concluimos, de este modo, con los preparativos y la boda, de la década de los 50, concretamente de 1954, reflejándose en este acto, tan importante, la ilusión y el cariño con que se preparaban todas las cosas, para que desde nuestra óptica actual, observemos las diferencias y valoremos lo que realmente importa.